Cada comienzo de año reactiva el mismo ritual colectivo: propósitos, listas, promesas. Comer mejor, hacer más ejercicio, “cuidarse”. En el terreno de la salud —y muy especialmente cuando hablamos de cáncer— ese impulso suele venir acompañado de un ruido de fondo difícil de ignorar: titulares simplificados, recomendaciones grandilocuentes y, no pocas veces, mensajes que prometen más de lo que la ciencia puede sostener.
Conviene detenerse. La prevención del cáncer no es un catálogo de trucos, ni una suma de hábitos mágicos. Es un campo complejo, con avances sólidos, límites claros y un principio irrenunciable: nadie enferma por hacerlo “mal”. Entender qué dice realmente la evidencia científica es el primer paso para tomar decisiones informadas, sin falsas expectativas ni culpas innecesarias.
En un contexto en el que la incidencia del cáncer aumenta de forma sostenida, estos matices son más necesarios que nunca. Hoy el cáncer es ya la primera causa de muerte en varones en España, y las estimaciones epidemiológicas indican que uno de cada dos hombres y una de cada tres mujeres desarrollará cáncer a lo largo de su vida. Cifras que invitan a la acción informada, no al alarmismo.
Prevención: una palabra, varios significados
Cuando se habla de prevención del cáncer, a menudo se mezclan conceptos distintos. Desde el punto de vista científico y de salud pública, se distinguen al menos dos niveles relevantes para la población general:
Prevención primaria: actuaciones dirigidas a reducir la probabilidad de que aparezca la enfermedad.
Prevención secundaria: detección precoz mediante programas de cribado, cuando la enfermedad aún no da síntomas.
Ambas tienen respaldo científico, pero no funcionan igual para todos los cánceres, ni dependen solo de la voluntad individual.
Además, conviene desmontar una idea muy extendida: la genética explica solo una parte minoritaria de los casos de cáncer. A día de hoy se estima que aproximadamente un 10 % de los tumores tienen un origen hereditario claramente identificado, mientras que hasta un 40 % se relacionan con factores modificables del estilo de vida, según el Plan Europeo de Prevención del Cáncer. Un dato clave para entender dónde puede actuar realmente la prevención.
Lo que sí está respaldado por la evidencia
Tabaco: el factor más relevante que se puede prevenir
No hay debate aquí. El consumo de tabaco sigue siendo el principal factor de riesgo evitable para múltiples tipos de cáncer. La evidencia es sólida, consistente y acumulada durante décadas.
Dejar de fumar reduce el riesgo, incluso después de muchos años de consumo. No lo elimina por completo, pero mejora el pronóstico global de salud. Por eso, las políticas antitabaco siguen siendo una de las herramientas más eficaces de prevención poblacional.
Alcohol: menos es mejor
Durante años se asumió que el consumo moderado podía ser inocuo o incluso beneficioso para la salud cardiovascular. En cáncer, el consenso científico actual es claro: no existe un nivel de consumo de alcohol completamente libre de riesgo.
Esto no significa que cada copa sea una sentencia, sino que el riesgo aumenta de forma proporcional al consumo. Reducirlo —o eliminarlo— es una medida preventiva razonable, sin dramatismos ni mensajes moralizantes.
Alimentación y ejercicio: cuidar el cuerpo importa (y mucho)
No existen alimentos milagro ni dietas capaces, por sí solas, de impedir la aparición de un cáncer. Sin embargo, esto no equivale a restar importancia a la alimentación. La evidencia científica respalda con claridad que una dieta equilibrada, variada y sostenida en el tiempo contribuye a reducir el riesgo global de desarrollar múltiples enfermedades, entre ellas varios tipos de cáncer.
El problema aparece cuando se atribuyen efectos preventivos directos a productos concretos o se promete una protección absoluta. La ciencia no funciona así. La alimentación es un pilar de salud, no una garantía, y su valor reside en el conjunto de patrones dietéticos, no en alimentos aislados elevados a la categoría de “superalimento”.
La investigación actual apunta con solidez hacia patrones alimentarios asociados a mejor salud metabólica, menor inflamación crónica y mejor estado general del organismo. En ese contexto, cuidar lo que se come forma parte de una estrategia preventiva razonable, especialmente cuando se integra con otros factores como el ejercicio físico, el descanso y el control del estrés. No se trata de restricciones extremas ni de perfección dietética, sino de consistencia y sentido común, adaptados a cada persona y a su contexto clínico.
En esa misma línea, la evidencia es cada vez más clara respecto al papel del ejercicio físico regular y el mantenimiento de la masa muscular como factores protectores de salud. No se trata solo de prevención, sino también de resiliencia del organismo frente a la enfermedad y a los tratamientos cuando estos son necesarios. Mantener una musculatura activa, especialmente con el paso de los años, se asocia a mejor tolerancia terapéutica, menor deterioro funcional y mejor calidad de vida. Cuidarse no evita todos los riesgos, pero prepara mejor al cuerpo para afrontarlos.
No es un dato menor: los malos hábitos de vida multiplican el riesgo de cáncer hasta cuatro veces más que el riesgo asociado exclusivamente a la herencia genética. Una diferencia que subraya el valor real —aunque no absoluto— del autocuidado.
Vacunación: prevención directa en cánceres concretos
En determinados tumores, la prevención primaria sí es directa y eficaz. El ejemplo más claro es la vacunación frente al virus del papiloma humano (VPH), relacionada con cáncer de cuello uterino y otros tumores.
Aquí la evidencia es robusta y el impacto en salud pública, tangible. La prevención no siempre pasa por “cambiar hábitos”, sino por estrategias sanitarias bien implementadas.
Cribados con respaldo institucional
La detección precoz salva vidas, pero solo cuando se aplica de forma organizada y basada en evidencia. Programas como Cribado de cáncer de mama, Cribado de cáncer colorrectal y Cribado de cáncer de cuello uterino han demostrado reducir mortalidad en poblaciones concretas. No son pruebas para “tranquilizarse”, sino herramientas poblacionales con criterios claros de edad, frecuencia y riesgo.
Lo que no tiene evidencia suficiente (aunque suene convincente)
Dietas milagro, suplementos “anticáncer” o planes extremos prometen certezas donde la ciencia solo puede ofrecer probabilidades. Presentar estos enfoques como soluciones preventivas no solo es incorrecto, sino que desplaza la atención de lo que sí importa y puede generar falsas expectativas.
Tampoco está respaldado el mensaje de que “si te cuidas, no enfermas”. El cáncer es una enfermedad multifactorial, donde influyen genética, azar biológico, exposiciones ambientales y envejecimiento celular. Cuidarse es recomendable; culpabilizar, no. La diferencia es fundamental. Promover hábitos saludables debe hacerse desde la información y el acompañamiento, nunca desde la presión ni el juicio.
El papel del médico: prevención personalizada, no recetas universales
Uno de los avances más relevantes en oncología no es un fármaco ni una tecnología, sino un cambio de enfoque: la personalización. No todas las personas tienen el mismo riesgo, ni se benefician de las mismas estrategias preventivas.
Aquí el rol del profesional sanitario es clave:
-Valorar antecedentes familiares
-Identificar factores de riesgo específicos
-Ajustar recomendaciones de cribado
-Evitar pruebas innecesarias o alarmismo injustificado
-En centros especializados como INMOA, esta visión integrada permite abordar la prevención desde el rigor científico, sin caer en mensajes genéricos que poco aportan a la realidad de cada persona.
En esa misma línea se enmarca el trabajo del Centro Nacional de Prevención del Cáncer, impulsado por la Dra. Elisabeth Arrojo, con el objetivo de trasladar a la sociedad una prevención basada en evidencia, sin simplificaciones ni falsas promesas.
La Dra. Arrojo ha insistido en una idea fundamental: la prevención no consiste en prometer certezas, sino en reducir riesgos de forma honesta, informada y acompañada.
Prevención y salud pública: una responsabilidad compartida
Aunque el discurso suele centrarse en el individuo, gran parte de la prevención del cáncer no depende solo de decisiones personales. Políticas de salud pública, regulación ambiental, acceso equitativo a programas de cribado y educación sanitaria tienen un impacto mayor que cualquier consejo aislado.
Por eso, cuando se habla de prevención, conviene ampliar la mirada: no es solo “qué puedo hacer yo”, sino qué se hace como sociedad para reducir riesgos evitables.
Empezar el año con información, no con promesas
Si algo enseña la evidencia científica es que la prevención del cáncer no es espectacular, pero sí efectiva cuando se aplica con criterio. No hay atajos ni garantías absolutas. Hay conocimiento acumulado, prudencia y decisiones informadas.
Tal vez ese sea el mejor propósito de año nuevo en salud: informarse mejor, desconfiar de los mensajes simplistas y entender que cuidarse no es una obligación moral, sino una oportunidad razonable dentro de un marco realista.
En el próximo artículo de esta serie se abordará una pregunta habitual y necesaria: qué significa realmente la detección precoz y cuándo puede dejar de ser beneficiosa. Una conversación incómoda para algunos, pero imprescindible si se quiere hablar de prevención con honestidad científica.

